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Dicen que las casualidades no existen, que todo ocurre por un motivo. Y así lo creo yo. Han pasado exactamente doce años desde la última vez que pisé Irlanda. Allí pasé algunos de los años más agradables de mi vida. Conocí la cultura irlandesa gracias a una típica familia dublinesa y aproveché para perfeccionar mi inglés. Más de una década después, casualidades del destino me hicieron abandonar la idea de viajar a Roma durante las vacaciones y volver a Irlanda. Las casualidades no existen, pero gracias a ellas he podido disfrutar durante unos días de unos ‘reencuentros idiomáticos’ inolvidables. [Sharer] Escogí viajar a Irlanda porque en las fechas que pretendía ir a Roma no encontré alojamiento adecuado a mis posibilidades. Justo cuando ya abandonaba la idea de ir a Italia recibí un e-mail de Margaret, la irlandesa que me alojó en su casa el tiempo que estuve en Dublín perfeccionando mi inglés. Me preguntaba por cómo me iba todo y dejó entrever que tenía ganas de verme. Yo también las tenía, hacía doce años que no volaba a Irlanda y sabía que me iba a traer muy buenos recuerdos regresar a la tierra de los tréboles de cuatro hojas y los leprechaun. Y en efecto, así fue. Durante mi estancia allí quedamos un par de veces. Una en una cafetería, cerca del Dublin Castle y otra en su casa para cenar. En ambos encuentros Margaret me recordó la importancia de saber más de un idioma hoy en día. Se lamentaba por solo hablar inglés y no haber podido comunicarse alguna que otra vez en la lengua materna de los estudiantes que alojó en casa. Y es que se podría decir que la irlandesa había recorrido medio mundo desde su ciudad natal. Hospedó a italianos, españoles, franceses, checos, alemanes e incluso a un libanés que le dio más de un quebradero de cabeza. Aprovechamos el tiempo para recordar con cierta nostalgia mi primera cena allí. Serían las seis de la tarde (la hora a la que más o menos se suele  merendar en España) cuando me puso un platazo de arroz con pollo del que bien podrían haber comido unas cuatro o cinco personas. Y para más inri le echó salsa picante. Si no me bebí un par de litros de agua yo sola, no me bebí ninguno… Experiencias como ésta te enseñan no solo a aprender nuevas culturas, sino a socializar con personas de otros países. Las veces que estuve en Irlanda coincidí con belgas, italianos y alemanes en el colegio donde estudiaba. Eso me animó a aprender su idioma para poder comunicarme con ellos no solo en inglés sino también en su propia lengua y hacer más enriquecedora la experiencia. Cada vez que viajo a su país, intento quedar con ellos para mantener el contacto y vivir ¿por qué no? Reencuentros idiomáticos inolvidables.

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