¡Pide presupuesto gratis!

Con este artículo dedicado a la humildad y la aceptación del error se cierra la serie iniciada hace unas semanas, en la que también hemos hablado de la empatía, la imparcialidad y la capacidad de investigación y de abrirse a nuevos entornos de trabajo. Cuando llega el momento de la entrega un traductor está convencido (o eso sería lo deseable) que ha hecho un trabajo completo, perfecto e impoluto. Las dos cualidades que ocupan este artículo son necesarias en la fase final del proceso de un encargo de traducción. Sí, sí, aquel momento en el que puede intervenir la figura del revisor con sus comentarios bien intencionados para pulir el producto final. Es en este punto cuando el revisor nos sorprende gratamente con aquella palabra para la que ha encontrado un sinónimo mejor, que incluso nos puede gustar más que la que nosotros sugerimos, o aquella fuente que ha consultado y nosotros desconocíamos hasta ese momento para esclarecer algún aspecto cultural un tanto peliagudo. O, lo que es realmente doloroso, aquel error que se nos ha pasado por alto a pesar de las varias revisiones hechas. Este tipo de situaciones se pueden visualizar con un ángel y un demonio diminutos situados uno en cada hombro del traductor. El último, el más guerrero de los dos e íntimo amigo del ego, nos empujará a ponernos a la defensiva en un primer momento. Nuestra salvación vendrá de manos de su contrincante, con su carácter conciliador y gobernado por el sentido común, que nos hablará de los beneficios del trabajo en equipo, de la humildad para aceptar las críticas constructivas y de lo ineludible del error, gran maestro en cualquier situación. A nadie le gusta equivocarse pero el error, o la posibilidad de mejora, no deben entenderse como fracasos profesionales, sino como un trámite inevitable que debemos aceptar y asumir con naturalidad. ¡Seguro que al panadero de la esquina algún día se le ha quemado el pan!

Deja un comentario