Manías de los traductores que hacen que su trabajo sea perfecto

Todos conocemos las manías de algunas celebridades, rituales que cumplen continuamente al pie de la letra, como los que lleva a cabo uno de nuestros tenistas más internacionales: Rafa Nadal. Por todos es conocida su manía de alinear las botellas de agua, la de limpiar la línea de saque con la raqueta y la de tocarse –siempre en este orden- hombro izquierdo, hombro derecho, oreja izquierda, nariz y oreja derecha, por citar solo algunas. No sabemos si son estas costumbres las que le llevan a brillar en la pista, pero sospechamos que no se trata de un caso aislado. Los traductores, sin ir más lejos, también tenemos nuestros rituales. Es imposible detallar las manías personales de cada traductor, pero sí que podemos hablar de algunas de ellas.

Los traductores somos los Rafa Nadal del lenguaje: nuestras manías y rituales nos ayudan a alcanzar la perfección. ¡Tuitéalo!
El traductor humano es un artesano del lenguaje, su misión es crear una obra perfecta y, en consecuencia, busca sus propias musas y fuentes de inspiración y cumple a rajatabla con todas sus manías.   La hora preferida para traducir es una de ellas. Es muy habitual que los traductores profesionales nos veamos sumidos en constantes maratones de traducción, pero siempre hay un momento del día en que la concentración y la inspiración parecen favorecernos. Podríamos dividirnos en dos grandes grupos: los early birds, madrugadores a los que la paz y el silencio de las primeras horas de la mañana ayudan a ser más productivos y las aves nocturnas, aquellos a los que el misterio de la noche les despierta la creatividad.   El lugar de trabajo y la postura son dos elementos clave. Seguramente la imagen de un traductor trabajando sea sentado con la espalda siempre erguida, las manos en la posición correcta, las piernas nunca dobladas y así durante horas. Pero la realidad es que somos perfectamente imperfectos y que, a menudo, nos ponemos a trabajar en un rincón concreto del sofá con las piernas cruzadas y tapados con nuestra manta preferida en invierno, en la cama un ratito antes de dormir o en la mesa de la cocina.   Quizás no nos toqueteamos la cara como el tenista mallorquín, pero todos tenemos nuestras manías (confesables) antes de ponernos manos a la obra. Algunas de ellas pueden ser tomar un café o infusión en nuestra taza favorita, respirar hondo varias veces, hacer ejercicio, ver amanecer o anochecer, encender una barrita de incienso, leer o escuchar las noticias, sacar al perro, etc. La lista es interminable.   Y ahora entramos en terreno peligroso: el de los atuendos. Los traductores somos auténticos expertos del glamour casero a la hora de vestirnos para trabajar en casa. Nuestro armario está repleto de sudaderas, pantalones a medio camino entre el chándal y el pijama y camisetas cómodas –quizás con algún mensaje inspirador. Todo ello muy limpito y perfumado, por si había dudas. También hay días, evidentemente, en los que nos sale el lado más divo y vamos hechos un pincel. Mención a parte merece el calzado, ¡suerte que en las conversaciones con los clientes por Skype no se ven las chancletas playeras!   Leer nuestras traducciones en voz alta, cual actor ensayando el guión puede considerarse otra de las manías de los traductores. Ya sea una traducción turística, una traducción médica, una traducción jurídica o una traducción audiovisual, siempre nos sentimos un poco Robert de Niro cuando escuchamos de nuestra propia voz el texto y esto, además, nos ayuda a detectar aspectos mejorables.   Pero donde las manías de un traductor se muestran en su máximo esplendor es en las fechas límite. El antes suele ser una espiral de estrés, pero cada uno vive el después de una manera diferente. Hay quien abre una botella de vino para celebrar la entrega con la familia, a la que no ha visto el pelo en las últimas horas, hay quien se desploma en el sofá y cae en las redes de la telebasura –por aquello de que no tienes que pensar- o quien se entrega durante horas a alguna afición olvidada.   ¿Y qué hacemos los traductores cuando tecleamos la última palabra? Existen tantas posibilidades como profesionales. ¿Tecleamos letra por letra de manera teatral? ¿Nos levantamos de la silla y estiramos todos los músculos de cuello y brazos para hacerlo con más energía? ¿O llamamos a nuestra prole para que den el brochazo final a nuestra obra de arte?   Esta no es una lista exhaustiva, sirve para recordar que los traductores somos también artistas, que buscamos la inspiración en pequeños hábitos y manías, que nos ayuden en nuestra misión de entregar una obra perfecta. ¿Y si probamos a tocarnos el hombro y la nariz varias veces antes de traducir?