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México es uno de los países americanos donde el español halló antes arraigo, y ya van cinco siglos de español en Hispanoamérica. En esta ocasión quiero tocar un tema que tal vez no influya demasiado en la traducción escrita de textos, pero que sin duda deben tener en cuenta los intérpretes y cualquiera que use el español como lengua vehicular en su profesión. Me refiero a la pronunciación de topónimos norteamericanos como México, Oaxaca o Texas, que incluyen la grafía “x”. A veces por influencia del inglés, o tal vez por ultracorrección, he oído como personas a las que se les supone cultas pronuncian /méksico/ con toda paz, creyendo que eso es lo correcto. Cada vez que lo oigo se me ponen los pelos de punta, una fobia personal como otra cualquiera…, y por eso quiero dedicar este rato a explicar el porqué de la grafía “x” en esos topónimos, que en ningún caso debe leerse como /ks/.

Para empezar, tal vez debamos dejar claro que la ortografía del español no refleja su pronunciación. No hasta el extremo de la lengua inglesa pero, sin duda alguna, las letras que se usan en español no coinciden únicamente con uno sólo de sus sonidos, ni esos sonidos se corresponden con una sola grafía. No hay apenas, a excepción de las vocales, parejas únicas indisolubles entre letra y fonema en el español. Y una vez dicho esto y habiéndonos quitado un peso de encima, creo que será más fácil comprender que, en esos casos, la “x” representa el mismo sonido que normalmente representan “j” o “g” ante “i” o “e”, es decir, una velar fricativa sorda en el caso de la norma septentrional y una velar aspirada sorda en el caso de la norma meridional, grosso modo.

Sé que esto, dicho sin argumentar razón alguna, puede extrañar a muchos hablantes del español, pero creedme, es así, puedo explicarlo y después de hacerlo ni siquiera tendré que mataros. Dejémonos de rodeos.

En la época en que los colonizadores españoles llegaron al continente americano, S. XVI, el español era ya un idioma que, y cito a D. Rafael Lapesa, había consolidado sus caracteres esenciales y se hallaba próximo a la madurez. El español de esa época había desechado ya muchos arcaísmos, pero aún se encontraba en evolución muy activa. Es durante el S. XVI y XVII que se produce una labor de selección entre sonidos, formas y giros coincidentes que condujo a una fijación considerable de la lengua. En el caso concreto del sonido velar que hoy pronunciamos al leer “j” o “g” ante “i” o “e”, ese sonido no existía todavía como norma de uso, de hecho, era entonces generalmente un sonido palatal, sordo o sonoro, desaparecido en el español actual. Las causas completas de la desaparición de dichos fonemas son varias, ya que eran varios los fonemas coincidentes que dieron lugar a distintas soluciones según la zona geográfica de la península. Pero valga decir que aquel sonido prepalatal, que más tarde daría lugar al que hoy se representa con “j” o “g” ante “i” o “e”, era entonces representado con la grafía “x” y se pronunciaba, por aquel entonces, como el primer sonido de la palabra inglesa “shame”. ¿Ven ya por dónde van a ir los tiros de esta historia? Cuando los españoles colonizaron Méjico, no existía en el español el fonema que hoy encontramos en mitad de esa palabra, y el que existía en su lugar, se representaba con “x”.

La revolución fonética del español del siglo de oro, en busca de soluciones que evitasen la confusión entre varios sonidos coincidentes, hizo que al acabar el primer tercio del S. XVII ya se hubiese impuesto el sonido velar fricativo sordo, que hoy representamos con “j” o “g” ante “i” o “e”, y que otros sonidos palatales quedaran relegados a otros dialectos del latín.

En el S. XVIII, la recién estrenada Academia de la Lengua Española decidió fijar las grafías “j” y “g” ante “i” y “e” para la representación de ese sonido, de modo que Méjico, Oajaca o Tejas, debían escribirse con “j”. Ahora bien, en un momento en que los nacionalismos comenzaban a echar raíces en Hispanoamérica, la antigua grafía de México, Oaxaca o Texas era contemplada como una seña de identidad nacional, de rebeldía ante las trasnochadas normas peninsulares, aunque el arcaísmo auténtico en este caso es el uso de la grafía “x”.

En conclusión, la solución que el español dio, ya desde hace varios siglos, a la escritura y pronunciación de estos topónimos, es escribir Méjico o México, Oajaca u Oaxaca, Tejas o Texas, según se prefiera una grafía más academicista o bien más arcaizante, como ocurre en Hispanoamérica, y pronunciarlas como “j” o “g” ante “i” o “e”, es decir, una velar fricativa sorda, según la norma septentrional, o una aspirada según la norma meridional. Pero NUNCA, jamás, a lo largo de la historia de la lengua española, se ha pronunciado esa grafía “x” de los topónimos americanos como /ks/, y hacerlo es una ultracorrección de lo más cursi, que no refleja más que el desconocimiento de nuestra propia historia y de nuestra propia lengua. Así que, por favor, si no conocemos nuestra historia, al menos, hagamos un esfuerzo por disimularlo…

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