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Sí señor, ese era el eslogan que durante la última etapa del franquismo sirvió para promover el turismo exterior en España. Aunque la frase intentaba poner de relieve nuestro exotismo y diversidad, para los españoles, esa frase nos recordaba que vivíamos apartados del resto del mundo, del resto de Europa, y que nos encontrábamos, desde luego, en clara desventaja. Esa sensación de inferioridad y marginalidad ha pervivido mucho tiempo en nuestra conciencia, pero ya hace años que ese lema no es más que un tópico antiguo.

En lo tocante a los profesionales de la traducción, España puede presumir de traductores e intérpretes bien formados e informados y muy comprometidos con su trabajo. Tal vez el hecho de que casi la mitad de los adultos españoles no sepa hablar ninguna lengua extranjera ha tenido como consecuencia que en España los profesionales de la traducción sean aún más necesarios y estén mejor formados que en otros lugares de Europa. Además, nuestro país cuenta con la singularidad de tener cuatro lenguas oficiales, lo que ha convertido las traducciones en algo cotidiano en nuestro entorno.

En pocos países del mundo, quitados tal vez los de habla inglesa, se traduce tanto y de tantos idiomas diferentes como en España, y como consecuencia de todo ello podemos decir que existe un buen volumen de trabajo que los traductores deben abarcar, lo que es muy positivo para el oficio, ya que los traductores constantemente encuentran razones para poner al día sus conocimientos sobre los diversos idiomas de trabajo y las herramientas que diariamente utilizan en el proceso de traducción. Todo esto ayuda a que el trabajo de los traductores españoles sea totalmente fiable y riguroso. Además, no sólo son competitivos nuestros traductores, sino también sus tarifas. Los precios que se manejan en el mercado español de la traducción son casi siempre inferiores a los que se manejan en otros países europeos, e incluso americanos, para las mismas combinaciones lingüísticas.

De modo que podemos decir sin vergüenza alguna que los traductores e intérpretes  españoles, sin duda, pueden colocarse a la cabeza de los traductores europeos en cuanto a profesionalidad, compromiso, fiabilidad y rigurosidad. Nada tenemos que esconder ante nuestros colegas extranjeros, pues ejercemos nuestro oficio con el mismo afán con que los alquimistas buscaban la piedra filosofal. También nosotros buscamos la traducción perfecta y, en camino, encontramos muchas más cosas.

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