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El español es un idioma especialmente rico en expresiones curiosas: “De tal palo, tal astilla”, “Dime con quién andas y te diré quién eres”, “Estar hecho un flan”, “Borrón y cuenta nueva”, “El que la sigue la consigue”, “Estar de buen año”, “El mundo es un pañuelo”… y, como no podía ser de otra manera, el tema sexual es un excelente filón de expresiones populares. La aparente simpleza de mantener relaciones sexuales con alguien se enmascara con expresiones más o menos afortunadas como “acostarse con”, “chingar“, “coger”, “folletear”, “echar un kiki”, “desatascar las cañerías”, “echar un casquete”…. J

Una de las expresiones más interesantes por su curioso origen es la protagonista de nuestro artículo de hoy: “Echar un polvo”.

Que nosotros sepamos, hay tres teorías acerca del origen de “echar un polvo”:

 

Teoría  1 (la religiosa):
Aunque no tengas mucha idea de religión, seguro que te suena la expresión “en polvo eres y en polvo te convertirás”. Según la ahora famosa teoría creacionista, el primer ser humano – Adán – fue creado por Dios a partir del barro, es decir: del polvo. Cuando morimos, algunos somos enterrados y otros incinerados. Es decir: nos convertimos en polvo lentamente o por la vía rápida. Entendido en un contexto sexual, ese contacto amoroso podría ser el primer “polvo”, el  origen de esa personita que puede ser concebida en el acto. Un poco rebuscado, ¿verdad?

En polvo eres

Teoría 2 (la latina): 

Como bien sabes, el latín es la lengua madre de nuestro querido castellano. En esa lengua encontramos un término que nos viene bien para nuestra segunda teoría: polen, en latín “polinis”, en español “polvo”. Desempolvemos (valga la redundancia) nuestros conocimientos sobre cómo las abejas polinizan las plantas y tendremos servida la explicación de la expresión “echar un polvo”.

Polinización


Teoría 3 (la festiva):

 Como el ser humano es viciosillo por naturaleza, cuando no había rayas de coca que animaran las fiestas, había un fino polvo de color tabaco llamado rape. Los caballeros, cuando querían animarse un poco, solían retirarse a una habitación aparte para introducir un poco de ese polvillo en su aristocrática nariz y, así, aguantar mejor el tedio de sus vidas ricas y acomodadas. Como las mujeres no eran tontas, pronto se apuntaron a esas escapadas de sus amigos y, entre esnifada y esnifada, las parejas aprovechaban para mantener un breve escarceo amoroso, para… “echar un polvo”.

Echar un polvo

¿Conoces una cuarta teoría? ¿Nos la cuentas?

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