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    De calida a caldo, de tabula a tabla, de oculus a ojo… todos sabemos que el español es una lengua de origen latino, pero ¿de qué latín procede? ¿Del culto, del arcaico, del tardío?

    Hoy vamos a hablar un poco de la evolución del latín, pero no os asustéis que esto no va a ser una clase magistral 😉

    El origen

    El latín es una lengua indoeuropea, eso significa que comparte con otras lenguas unas normas sintácticas, grafológicas y léxicas. Según los lingüistas, el primer latín nació hace entre 4000 y 5000 años (mes arriba, mes abajo). Lo hablaban los habitantes de los territorios de Asia central y Europa del sureste.

    Esa primera lengua entró en los diversos territorios de Europa de la mano de los famosos etruscos. Ese pueblo viajero e invasor, tras muchas andanzas, idas y venidas, se decidió a ocupar una pequeña y bella zona de Italia, el Lacio. Lacio-Latín, ahora ya entendemos el origen del nombre de la lengua ¿verdad?

     Lacio

    La evolución

    Todas las lenguas con unos ciertos años de antigüedad se van modificando con su uso y disfrute. Solo tenemos que observar cómo ha cambiado nuestra propia lengua (o el inglés, el francés o el ruso) en los últimos 100 años.

    La misma lengua, además, se habla de forma diferente según la zona geográfica del hablante. Esto ocurre también en la actualidad. Pensemos por ejemplo en el español que se habla en México, República Dominicana o Colombia. Un español puede entender perfectamente el idioma, pero no hablan exactamente el mismo español que se habla en Cuenca, Sevilla o León. Por ejemplo: ¿sabes lo que significa el verbo “coger” en México?  😉

    En tercer lugar, y no menos importante, las lenguas siempre tienen una versión llamada “culta” y otra denominada “vulgar” o “coloquial”. La tendencia habitual al utilizar diariamente un idioma es acortarlo o cambiarlo. Es decir: a amoldarlo a las necesidades, aptitudes y limitaciones propias del hablante.  Esta tendencia se denomina “economía del lenguaje”.

    La lengua culta se reserva a los documentos o eventos oficiales y protocolarios. La lengua vulgar se encuentra  como pez en el agua en los mercados, las plazas y los parques.

    Pues bien, al latín le sucedió exactamente lo mismo que hemos contado: fue evolucionando a lo largo de los años, adquiriendo una forma particular definida por el lugar geográfico donde se utilizaba y, también, adaptado y moldeado por los propios hablantes en función del objetivo, coloquial o formal, que debiera cumplir.

    Del latín clásico al latín vulgar

    Desde su origen hasta el siglo II A.C., el latín que se hablaba se conoce con el nombre de arcaico (antiguo). Una pequeña pieza de orfebrería, la llamada “Fibula de Preneste” tiene grabado alrededor un texto escrito en este primer latín y, la curiosidad, este texto se escribió y se lee de derecha a izquierda.

    En los siguientes cuatro siglos  – del II antes de Cristo al II después de Cristo–  el latín arcaico fue evolucionando y dio lugar al latín clásico, una lengua que todos conocemos más o menos bien de nuestro paso por el instituto. Los textos de Cicerón o Julio César y los poemas de Ovidio o Virgilio serían excelentes ejemplos del vocabulario y la gramática de este latín más evolucionado.

    Pero como sucede en todos los idiomas, la clase social más culta hablaba una lengua y las personitas de a pie se entendían en otra. Surgía así el llamado latín vulgar, una lengua con una fonética, sintáctica, gramática y vocabulario bastante diferentes de los propios del latín clásico.

    Carniceros, pescaderos, amas de casa, artesanos y soldados hablaban latín vulgar y fueron precisamente estos últimos, los soldados, los que expandieron esta lengua por todos los territorios ocupados por los ejércitos romanos.

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    Del latín vulgar al latín medieval

    Como quizás recordarás, en el siglo IV asistimos a la caída del todo poderoso Imperio Romano.

    El latín vulgar ya no tenía emisarios que mantuvieran intactas sus normas gramaticales y su vocabulario y, lógicamente, fueron los nuevos hablantes del latín los que comenzaron a amoldarlo a sus necesidades diarias. En este momento entra en el juego la corriente religiosa que más influirá en la historia europea: el cristianismo. Los cristianos pronto modificaron el latín introduciendo palabras de origen griego, latinizando ciertos términos e, incluso, inventando palabras nuevas.

     Del latín medieval a las nuevas lenguas

    Según los lingüistas, el latín vulgar tan extendido en los diferentes territorios invadidos por Roma se fue mezclando con la lengua original de cada país o región dando lugar a los actuales idiomas de raíz latina que conocemos hoy en día: español, francés, italiano, portugués, rumano…

    Y es que, al final y en este caso, el pueblo sí decidió algo: el idioma en el que nos comunicaríamos millones de personas del futuro. No está mal ¿verdad?

    El español y el latín

    El español es un dialecto que deriva del latín vulgar, al igual que el resto de lenguas románicas, como el francés, el catalán, el italiano, el aragonés, el rumano, el asturiano, el corso o el gallego, entre otras. Su origen medieval se sitúa en lo que en aquella época se conocía como Castilla, región que no coincide con la actual comunidad autónoma de Castilla-León, sino con una región septentrional de la Península Ibérica que abarcaría parte de Cantabria, el norte de Castilla y de La Rioja, aproximadamente.

    En aquel periodo de la época medieval, no existía una división política que se llamase España, y en la Península Ibérica se hablaban diversos dialectos romance, no sólo los que conocemos en la actualidad, por supuesto, sino muchos otros, como los dialectos mozárabes ya desaparecidos. Con la unificación política de la Península Ibérica en tiempos de los Reyes Católicos y la colonización de América, la idea de España cobró sentido y el idioma español se extendió ultramar.

    El idioma que hablamos en la actualidad, el español, es algo más que aquel dialecto medieval castellano, aunque proceda de este, se nutre de muchos otros sustratos lingüísticos y ha recibido multitud de influencias desde entonces. Sin embargo, su denominación arcaica se ha mantenido por razones históricas, al igual que en nuestra lengua perduran otros arcaísmos, cuyo uso es totalmente correcto. Ahora bien, veamos qué soluciones adoptaron otras naciones europeas al bautizar su propia lengua.

    En Francia, donde durante largo tiempo las lenguas de oc pugnaron en importancia con las lenguas de oíl, se decidió bautizar como francés a esa lengua que, si bien provenía de uno de los dialectos septentrionales, también pretendía ser la lengua de todos los franceses, tal y como refleja su ortografía. En Alemania, se conoce como alemán a un dialecto franco originario de los dialectos centrales, y aunque su uso escrito estándar también se conoce como Hochdeutsch, esta denominación hace referencia precisamente a eso, a un uso concreto, pero no cabe duda de que su idioma se conoce con el nombre de alemán. Tampoco se conoce como toscano el idioma moderno que en Italia se habla más allá de su región originaria, sino como italiano.

    De lo que podemos deducir que, inevitablemente, todos los idiomas modernos tienen un origen dialectal que se reduce a una región originaria, cuyas fronteras hace tiempo que fueron superadas, siendo ahora patrimonio de un número mayor de hablantes. Cada cual, que saque su propia conclusión.

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