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    ¿Qué se te viene a la cabeza cuando oyes a alguien referirse al gremio de los traductores? Seguro que uno de tus primeros pensamientos es que se trata de personas que dominan más de un idioma. En parte tienes razón. Un buen traductor es un experto en lengua. Pero no es lo único que sabe hacer bien. Agencias de traducción en Madrid o en Barcelona trabajan a diario con este tipo de profesionales y si se recurre a ellos es porque destacan mucho más que por ser buenos en su trabajo. ¡Te contamos cuáles son las 8 mejores cualidades de un buen traductor! Si parte del éxito de tu empresa está en sus manos será por algo.

    1- Traductores creativos

    Puede parecer que la creatividad es solo una cualidad que gozan los artistas, pero no. Un buen traductor es también creativo. Como bien sabes, la creatividad va más bien asociada a profesiones artísticas. Aquí nos referimos con lo de creatividad a que los traductores tienen esa capacidad para conseguir lo que les pide el cliente, aunque no sepan muy bien cómo hacerlo. Y eso, sin contar, que muchas veces se vive con plazos muy ajustados y sujetos a cierta presión. Puedes hablar con las decenas de traductores profesionales que tenemos en Okodia-Grupo traductor y preguntarles. Seguro que ninguno te negará el hecho de que han tenido que usar un poco de su ‘magia creativa’ para adaptar los textos sobre los que están trabajando a los futuros lectores.

    2- Curiosos por naturaleza

    Los traductores profesionales son curiosos por naturaleza. Deben serlo. Un idioma también va transformándose con el paso del tiempo, por lo que deben estar atentos a nuevas acepciones de una palabra o neologismos que pueden surgir. Son profesionales que nunca acaban de aprender. ¿La clave del éxito? Los recursos gratis que todo traductor de éxito usa. 

    3- Autodidactas

    Un buen amante de los idiomas nace, pero también se hace. Los traductores se suelen especializar en distintas materias. Por ejemplo, en Okodia tenemos traductores jurados, traductores jurídicos, traductores audiovisuales, traductores médicos… muchos de ellos han combinado el estudio de otras carreras como la Medicina, el Derecho o las Finanzas con la carrera de Traducción e Interpretación. ¡Y se siguen formando! Porque nunca hay que bajar la guardia para ser un buen traductor.

    Además, a menudo el traductor debe abrirse a trabajar en nuevos entornos o, lo que es lo mismo, hacerse amigo de las nuevas tecnologías. La tecnofobia, patología que afecta en especial a traductores nacidos en la época pre-Internet, no será una buena compañera de viaje. Si sientes un sudor frío en la espalda cuando en las instrucciones de un cliente aparece un desconocido formato o programa que debes usar, debes cambiar tu perspectiva. Es bueno relativizar el miedo y pensar que su uso no será tan difícil como su extraño nombre inspira y que cualquier programa o aplicación tienen una función muy bien definida

    4- Muy profesionales

    Cuando uno decide unirse al mundo de la traducción es porque es un buen profesional. Los traductores profesionales están capacitados para soportar un volumen importante de encargos y para trabajar bajo presión, algo que suele ocurrir con las traducciones urgentes, pero lo hacen. ¿Por qué? Porque aman su trabajo.

    5- Empatía

    Cuando recibimos un escrito de otra persona debemos ponernos en su piel, que no en sus zapatos, entender la intención y tono general del texto de entrada y mantenerlos en el texto de salida.

    6- Imparciales

    La imparcialidad está íntimamente ligada con la empatía. No existe una línea clara entre una y otra, ya que necesariamente para ser objetivo necesitas una dosis de empatía y para ponerte realmente en situación ajena es imprescindible ser imparcial. Nuestra responsabilidad como traductores nos obliga a no alterar el texto en ningún sentido y la imparcialidad es una buena aliada en este propósito. Para ilustrar el caso imaginemos la hipotética situación en que un traductor vegano y antitaurino deba traducir que «el torero X hizo una gran faena al matar dos toros en una tarde». Aquél, sin duda, deberá tragarse su ego y buscar la traducción más fiel al texto original, que transmita el mismo entusiasmo y no altere su significado. Así, el aficionado taurino inglés, ruso o islandés podrá compartir la misma euforia de quien escribió el texto inicialmente en español. La buena noticia es que no siempre nos encontraremos con situaciones tan extremas.

    ¿Y cómo se logra ser imparcial? No somos máquinas, afortunadamente, pero tenemos muchos otros recursos. En este caso no hacen falta muchas filigranas, todo es mucho más sencillo. Así pues, adaptando una de las frases más célebres de Mahatma Gandhi podríamos decir: «En traducción no existe camino a la imparcialidad, la imparcialidad es el camino». 

    Seguramente durante el camino nos encontraremos en una especie de apasionante bipolaridad: por un lado, deberemos mantener nuestra cabeza fría como el abrazo de una suegra y, por el otro, nos centraremos en plasmar la intención del autor del texto que tenemos la responsabilidad de traducir, teniendo muy claro que no debemos alterarlo de ninguna manera. Nivel de dificultad: bajo.

    7- Complejo de Sherlock Holmes

    La capacidad de investigación nos debe acompañar en el camino. A menudo deberemos informarnos sobre temas desconocidos hasta el momento y aprender sobre ellos. Apasionante, ¿verdad? En esta hazaña nos puede ayudar indiscutiblemente el Sr. Google. Aún así, debemos tener buen criterio a la hora de buscar y no fiarnos de todo lo que circula por la red. Está bien recordar que también hay personas que son una buena fuente de información por su experiencia o trayectoria personal. Por ejemplo, un músico de rock puede ayudarnos con una traducción sobre los míticos discos de vinilo, de la misma manera que un enólogo puede resultar imprescindible para traducir las características de un vino.

    8- La humildad

    La humildad es imprescindible en cualquier profesión. Consiste en tener muy claro que siempre estamos aprendiendo, que los demás nos aportan nuevos y valiosos conocimientos y que el mundo ya giraba antes de que nosotros llegáramos. Un traductor debe saber aceptar el error. ¡Ay, qué dolor! El temido error que llega con los comentarios cuando nuestro trabajo ha sido revisado. A nadie le apetece que le digan lo que ha hecho mal. No hay problema, nuestra humildad nos ayudará a aceptar que no somos infalibles y a recibir el error como un maestro más en nuestro perpetuo aprendizaje.

    9- Atención al detalle

    Si conoces a algún traductor, seguro que te sorprende ver su modus operandi de trabajo. Son metódicos y siempre llevan consigo una agenda o suelen usar asiduamente agendas electrónicas o apps que les ayudan a organizarse. Eso es porque están acostumbrados a trabajar bajo presión y con plazos algo estrictos, por lo que un buen traductor siempre sabrá organizarse para entregar a tiempo su trabajo. Y por si fuera poco, son profesionales que están constantemente actualizándose, que tienen una gran capacidad de concentración y que son muy pero que muy majetes, con manías incluidas.

    Las manías de los traductores

    El traductor humano es un artesano del lenguaje, su misión es crear una obra perfecta y, en consecuencia, busca sus propias musas y fuentes de inspiración y cumple a rajatabla con todas sus manías.   La hora preferida para traducir es una de ellas. Es muy habitual que los traductores profesionales nos veamos sumidos en constantes maratones de traducción, pero siempre hay un momento del día en que la concentración y la inspiración parecen favorecernos. Podríamos dividirnos en dos grandes grupos: los early birds, madrugadores a los que la paz y el silencio de las primeras horas de la mañana ayudan a ser más productivos y las aves nocturnas, aquellos a los que el misterio de la noche les despierta la creatividad.

    El lugar de trabajo y la postura son dos elementos clave. Seguramente la imagen de un traductor trabajando sea sentado con la espalda siempre erguida, las manos en la posición correcta, las piernas nunca dobladas y así durante horas. Pero la realidad es que somos perfectamente imperfectos y que, a menudo, nos ponemos a trabajar en un rincón concreto del sofá con las piernas cruzadas y tapados con nuestra manta preferida en invierno, en la cama un ratito antes de dormir o en la mesa de la cocina.

    Quizás no nos toqueteamos la cara como Rafa Nadal, pero todos tenemos nuestras manías (confesables) antes de ponernos manos a la obra. Algunas de ellas pueden ser tomar un café o infusión en nuestra taza favorita, respirar hondo varias veces, hacer ejercicio, ver amanecer o anochecer, encender una barrita de incienso, leer o escuchar las noticias, sacar al perro, etc. La lista es interminable.

    Y ahora entramos en terreno peligroso: el de los atuendos. Los traductores somos auténticos expertos del glamour casero a la hora de vestirnos para trabajar en casa. Nuestro armario está repleto de sudaderas, pantalones a medio camino entre el chándal y el pijama y camisetas cómodas –quizás con algún mensaje inspirador. Todo ello muy limpito y perfumado, por si había dudas. También hay días, evidentemente, en los que nos sale el lado más divo y vamos hechos un pincel. Mención a parte merece el calzado, ¡suerte que en las conversaciones con los clientes por Skype no se ven las chancletas playeras!

    Leer nuestras traducciones en voz alta, cual actor ensayando el guion puede considerarse otra de las manías de los traductores. Ya sea una traducción turística, una traducción médica, una traducción jurídica o una traducción audiovisual, siempre nos sentimos un poco Robert de Niro cuando escuchamos de nuestra propia voz el texto y esto, además, nos ayuda a detectar aspectos mejorables.

    Pero donde las manías de un traductor se muestran en su máximo esplendor es en las fechas límite. El antes suele ser una espiral de estrés, pero cada uno vive el después de una manera diferente. Hay quien abre una botella de vino para celebrar la entrega con la familia, a la que no ha visto el pelo en las últimas horas, hay quien se desploma en el sofá y cae en las redes de la telebasura –por aquello de que no tienes que pensar- o quien se entrega durante horas a alguna afición olvidada.

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