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    ¿Qué fue antes? ¿El huevo o la gallina? Ante esa dicotomía, que nos ha traído de cabeza durante años nos encontramos cuando hablamos de una profesión como es la de traductor. ¿Un traductor nace o se hace con el tiempo? En Okodia-Grupo traductor, que nos dedicamos precisamente a esto, hemos estado investigando un poco y te contamos lo que hemos descubierto al respecto. 

    Una de las reglas de oro para toda traducción es decir todo lo que dice el original y hacerlo con corrección y precisión. Así que a menos que sea con conocimientos adquiridos… esto no todo el mundo es capaz de hacerlo así de bien. A menos, claro, que se tengan los conocimientos adecuados de traducción, eso ya sería otra cosa.

    Las cualidades de un traductor

    Pero para ser traductor profesional, hay que tener una serie de cualidades, la mayoría de ellas, no son innatas, sino adquiridas con el tiempo.

    Si te dedicas al mundo de la traducción profesional seguro que tienes un nivel muy alto de competencia en tu lengua materna y puede que también en otra distinta. Y es que aunque tu lengua materna sea innata, la otra no lo es, por lo que ya hay algo que has tenido que aprender con el paso del tiempo.

    Un traductor no puede vivir como un ermitaño, ajeno a todo, sin preocuparse por nada. De hecho, los profesionales de la traducción tienen también unos altos conocimientos culturales, sobre todo de aquellos aspectos que no se aprenden en los libros, sino por el hecho de haber vivido en otro país.

    Si conoces a algún traductor, seguro que te sorprende ver su modus operandi de trabajo. Son metódicos y siempre llevan consigo una agenda o suelen usar asiduamente agendas electrónicas o apps que les ayudan a organizarse. Eso es porque están acostumbrados a trabajar bajo presión y con plazos algo estrictos, por lo que un buen traductor siempre sabrá organizarse para entregar a tiempo su trabajo.

    Y por si fuera poco, son profesionales que están constantemente actualizándose, que tienen una gran capacidad de concentración y que son muy pero que muy majetes, con manías incluidas.

    Las manías de los traductores

    El traductor humano es un artesano del lenguaje, su misión es crear una obra perfecta y, en consecuencia, busca sus propias musas y fuentes de inspiración y cumple a rajatabla con todas sus manías.   La hora preferida para traducir es una de ellas. Es muy habitual que los traductores profesionales nos veamos sumidos en constantes maratones de traducción, pero siempre hay un momento del día en que la concentración y la inspiración parecen favorecernos. Podríamos dividirnos en dos grandes grupos: los early birds, madrugadores a los que la paz y el silencio de las primeras horas de la mañana ayudan a ser más productivos y las aves nocturnas, aquellos a los que el misterio de la noche les despierta la creatividad.

    El lugar de trabajo y la postura son dos elementos clave. Seguramente la imagen de un traductor trabajando sea sentado con la espalda siempre erguida, las manos en la posición correcta, las piernas nunca dobladas y así durante horas. Pero la realidad es que somos perfectamente imperfectos y que, a menudo, nos ponemos a trabajar en un rincón concreto del sofá con las piernas cruzadas y tapados con nuestra manta preferida en invierno, en la cama un ratito antes de dormir o en la mesa de la cocina.

    Quizás no nos toqueteamos la cara como Rafa Nadal, pero todos tenemos nuestras manías (confesables) antes de ponernos manos a la obra. Algunas de ellas pueden ser tomar un café o infusión en nuestra taza favorita, respirar hondo varias veces, hacer ejercicio, ver amanecer o anochecer, encender una barrita de incienso, leer o escuchar las noticias, sacar al perro, etc. La lista es interminable.

    Y ahora entramos en terreno peligroso: el de los atuendos. Los traductores somos auténticos expertos del glamour casero a la hora de vestirnos para trabajar en casa. Nuestro armario está repleto de sudaderas, pantalones a medio camino entre el chándal y el pijama y camisetas cómodas –quizás con algún mensaje inspirador. Todo ello muy limpito y perfumado, por si había dudas. También hay días, evidentemente, en los que nos sale el lado más divo y vamos hechos un pincel. Mención a parte merece el calzado, ¡suerte que en las conversaciones con los clientes por Skype no se ven las chancletas playeras!

    Leer nuestras traducciones en voz alta, cual actor ensayando el guion puede considerarse otra de las manías de los traductores. Ya sea una traducción turística, una traducción médica, una traducción jurídica o una traducción audiovisual, siempre nos sentimos un poco Robert de Niro cuando escuchamos de nuestra propia voz el texto y esto, además, nos ayuda a detectar aspectos mejorables.

    Pero donde las manías de un traductor se muestran en su máximo esplendor es en las fechas límite. El antes suele ser una espiral de estrés, pero cada uno vive el después de una manera diferente. Hay quien abre una botella de vino para celebrar la entrega con la familia, a la que no ha visto el pelo en las últimas horas, hay quien se desploma en el sofá y cae en las redes de la telebasura –por aquello de que no tienes que pensar- o quien se entrega durante horas a alguna afición olvidada.

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